La pelota empezó a rodar en el Mundial 2026, pero fuera de las canchas también se disputa otro partido. Mientras la FIFA celebra la presencia de Irán en una Copa del Mundo organizada en parte por Estados Unidos, las diferencias políticas y el conflicto entre ambos países obligaron a montar un complejo operativo que incluye visados especiales, restricciones migratorias y hasta advertencias sobre posibles abandonos de los encuentros.
La situación contrasta con la postura que el organismo había adoptado rumbo al Mundial de Qatar 2022, cuando Rusia fue excluida de las eliminatorias internacionales tras la invasión a Ucrania. Esta vez, en cambio, el certamen contará con la participación tanto de Estados Unidos, uno de los anfitriones, como de Irán, pese a la escalada de tensión entre ambas naciones.
El propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino, celebró que finalmente pudiera garantizarse la presencia del seleccionado asiático y agradeció la colaboración de las autoridades mexicanas para destrabar una negociación que calificó como muy compleja.
Sin embargo, la autorización llegó acompañada de condiciones excepcionales. La delegación iraní tenía previsto instalar su base de operaciones en Tucson, Arizona, pero la demora en la emisión de los permisos de ingreso obligó a modificar los planes y trasladar la concentración a Tijuana, en México.
Solo una parte del plantel y del cuerpo técnico contará con visados de entrada múltiple que les permitirán ingresar a territorio estadounidense uno o dos días antes de cada partido y permanecer allí hasta después del encuentro. El resto de la delegación, entre ellos asistentes, videoanalistas, cocineros y otros colaboradores, tendrá un margen de maniobra mucho menor.
Según confirmó el embajador iraní en México, esos integrantes únicamente podrán entrar a Estados Unidos durante el día del partido y deberán abandonar el país antes de que finalice la jornada.
Pese a las limitaciones, Irán disputará toda la fase de grupos en suelo estadounidense. Debutará el 15 de junio en Los Ángeles frente a Nueva Zelanda, volverá a jugar allí el 21 ante Bélgica y cerrará su participación inicial el 26 en Seattle frente a Egipto.
La tensión también alcanzó a los hinchas. La Federación Iraní denunció problemas con la venta oficial de entradas para ciudadanos de ese país, muchos de los cuales ya habían organizado sus viajes y alojamientos cuando se encontraron con dificultades para acceder a los boletos.
En paralelo, las autoridades deportivas iraníes elevaron una advertencia a la FIFA al señalar que el seleccionado podría retirarse del campo de juego si en los estadios se registran consignas políticas o si no se utiliza la bandera oficial de la República Islámica para identificar al equipo.
Desde la representación diplomática iraní calificaron las restricciones impuestas por Washington como una fuente de “presiones y estrés indebidos” para la delegación, mientras que distintos medios del país informaron que varios dirigentes de la federación aún no habían obtenido sus permisos de ingreso.
Así, mientras el Mundial busca presentarse como una celebración del fútbol, el caso de Irán demuestra que la geopolítica también tendrá un lugar protagónico en la mayor competencia deportiva del planeta.